Vida de Pablo: Viajes misioneros

Por James Stalker

El primer viaje

Sus compañeros.— Desde el principio había sido costumbre de los predicadores del cristianismo, no ir solos en sus expediciones, sino de dos en dos. Pablo mejoró esta práctica, yendo generalmente con dos com­pañeros, uno de ellos joven, el cual tal vez tomó el cargo de los arreglos del viaje. En su primera expedi­ción sus compañeros fueron Bernabé y Juan Marcos, el sobrino de Bernabé.

Ya hemos visto que Bernabé puede ser llamado el descubridor de Pablo. Y cuando partieron juntos en este viaje, probablemente estuvo en condiciones de ser el patrón de Pablo, pues gozaba de mucha considera­ción en la comunidad cristiana. Convertido aparente­mente en el día de Pentecostés, había tomado una parte importante en los eventos posteriores. Fue un hombre de alta posición social, propietario en la isla de Chipre, y lo sacrificó todo en aras del nuevo movi­miento a que se había unido. En el ardor del entusiasmo que condujo a los primeros cristianos a partir sus propiedades unos con otros, vendió todo lo que tenía y puso el dinero a los pies de los apóstoles. Desde entonces estaba empleado constantemente en la obra de la predicación, y tenía un don de elocuencia tan notable que fue llamado el "hijo de exhortación". Un incidente que ocurrió en la última parte de este viaje nos da una idea del aspecto de los dos hombres. Cuando los habitantes de Listra los tomaron por dioses, llamaron a Bernabé Júpiter, y a Pablo Mercurio. En el arte antiguo, Júpiter fue representado siempre por una figura alta, majestuosa, y benigna, mientras Mercurio fue el pequeño y rápido mensajero del padre de los dioses y de los hombres. Probablemente les pareció por esto que Bernabé, por su figura grande, graciosa, y paternal, era el jefe y director de la expedi­ción, mientras Pablo, pequeño y ardiente, no era más que el subordinado. La dirección que tomaron fue la que se esperaba que Bernabé escogería naturalmente. Se fueron primero a Chipre, la isla en donde había tenido su propiedad, y donde muchos de sus amigos todavía residían. Estaba a ochenta millas al sudoeste de Seleucia, el puerto de Antioquia, y pudieron llegar a ella en el mismo día en que dejaron a esta última ciudad, centro de sus operaciones.

Chipre.- Pero aunque Bernabé parecía ser el jefe, este buen hombre probablemente conoció que las humildes palabras del Bautista podían ser usadas por él mismo con referencia a su compañero: "A él conviene crecer, mas a mí menguar". De todos modos, tan pronto como su obra entrara en un período de acti­vidad, esta debía ser la relación entre ellos. Después de pasar por toda la isla, del oriente al occidente, evangelizando, llegaron a Pafo, su ciudad principal, y allí los problemas para cuya solución habían salido les encontraron en la más concreta forma. Pafo era el centro del culto de Venus, la diosa del amor, la cual se dijo haber nacido de la espuma del mar en este mismo sitio, y su culto se caracterizó por el libertinaje y la disolución. Fue en pequeño la pintura de Grecia, su­mida en la decadencia moral, Pafo fue el asiento del gobierno romano también, y en la silla proconsular sentábase un hombre, Sergio Paulo, cuyo carácter noble, pero absolutamente falto de una fe sólida, demostraba la ineptitud de Roma en aquella época para satisfacer las mayores necesidades de sus mejores hijos. En la corte proconsular, jugando con la credulidad del investigador, prosperaba un hechicero judaico, llamado Elimas, cuyas artes formaron el cuadro de las más bajas miserias a que el carácter judaico pudo des­cender. Toda la escena fue una especie de miniatura del mundo, cuyos males habían salido a curar los misioneros. En presencia de tales exigencias, Pablo des­plegó por primera vez los poderes superiores de que estaba dotado. Un acceso del Espíritu Santo le tomó y le capacitó para vencer todos los obstáculos. Redujo al hechicero judaico a la vergüenza, convirtió al gober­nador romano, y fundó en la ciudad una iglesia cris­tiana en oposición al templo griego. Desde aquella hora Bernabé ocupó el segundo lugar, y Pablo tomó su posición natural como jefe de la misión. Ya no leemos más, como antes, de Bernabé y Saulo, sino siempre de Pablo y Bernabé. El subordinado había llegado a ser el jefe; y como para indicar que se había convertido en un nuevo hombre y tomado un nuevo puesto, ya no fue llamado por el nombre judaico de Saulo, que hasta entonces había llevado, sino por el nombre de Paulo (Pablo), que, a partir de allí, ha sido su nombre entre los cristianos.

El continente del Asia Menor.- El movimiento que siguió vino a señalar tan claramente la elección del nuevo jefe, como el anterior había fijado la del chiprio­ta Bernabé. Cruzaron el mar hasta Perge, población a la mitad de la costa meridional de Asia Menor; luego pasaron hacia el norte, cien millas en el continente, y entonces hasta el este, hasta un punto casi directa­mente al norte de Tarso. Esta ruta les condujo por una especie de semicircuito, por los distritos de Panfilia, Pisidia, y Licaonia, que tocan por el oeste y norte con Cilicia, la provincia natal de Pablo. Así que, si se dio el caso de haber evangelizado ya a Cilicia, ahora estaba extendiendo sus trabajos a las regiones más cercanas.

La deserción de Marcos.- En Perge, punto de par­tida de la segunda mitad del viaje, una desgracia acon­teció a la expedición: Juan Marcos desertó de sus compañeros y partió para su hogar. Puede ser que la nueva posición asumida por Pablo le ofendió, aunque su generoso tío no sintió tal enemistad por aquello que fue la ordenanza de la naturaleza y la de Dios. Pero es más probable que la causa de su separación fuera el desmayo producido por la intuición de los peligros que había de encontrar. Estos fueron tales que bien pu­dieron infundir terror aun en los corazones más resuel­tos. Más allá de Perge se levantaban las cimas cubiertas de nieve del monte Tauro, que habían de penetrar por estrechos desfiladeros en los que debían cruzar, por débiles puentecillos, rápidos-torrentes, y en donde los castillos de los ladrones, que velaban para prender a los viajeros, estaban escondidos en posiciones tan inaccesibles, que aun los ejércitos romanos no habían podido exterminarlos. Cuando estos peligros preliminares hu­bieron sido vencidos, la perspectiva de más allá no fue más atractiva. El país al norte del Tauro era una vasta mesa más elevada que las cumbres de las más altas montañas de Inglaterra, contaba con lagos solitarios, masas irregulares de montañas y extensiones de desier­to, donde la población era ruda y hablaba una variedad casi infinita de dialectos. Estas cosas llenaron de terror a Marcos y le hicieron volverse. Pero sus compañeros, llevando sus vidas en la mano, iban adelante. Para ellos era suficiente saber que allí había una multitud de almas que perecían y que necesitaban la salvación de que ellos eran los heraldos. Y Pablo conoció que allí había una porción de su propio pueblo esparcida en estas distantes regiones de los paganos.

Antioquia en Pisidia, e Iconio.- ¿Podemos concebir cuál fue su conducta en las ciudades que visitaron? Es difícil, ciertamente, representárnoslo. Al tratar de ver­los con los ojos de la inteligencia entrar en alguna población, naturalmente pensamos de ellos como de los más importantes personajes del lugar. Para nosotros su entrada es tan augusta como si hubieran sido llevados en un carro de triunfo. Muy diferente, sin embargo, fue la realidad. Entraban en una ciudad tan quieta y secretamente como dos extranjeros cualesquiera, que alguna mañana pasasen por una de nuestras pobla­ciones. Su primer cuidado era conseguir alojamiento, y luego tenían que buscar trabajo, porque trabajaban en su ocupación donde quiera que se hallaran. Nada podía ser más común. ¿Quién había de pensar que este hombre, cubierto del polvo del camino, yendo de la puerta de un fabricante de tiendas a la de otro, buscando trabajo, estaba llevando el porvenir del mundo bajo su capa? Cuando el sábado llegara, cesarían de trabajar, como los otros judíos de la ciudad, y se reunirían en la sinagoga. Participarían en cantar los Salmos y en orar con los otros adoradores, y escucharían la lectura de las Escrituras. Después de esto el presbítero, quizá, preguntaría si alguno tenía palabra de exhortación que pronunciar. Esta sería la oportu­nidad de Pablo. Se levantaría y con mano extendida comenzaría a hablar. Desde luego el auditorio recono­cería los acentos del rabí educado, y la nueva voz ganaría su atención. Considerando los pasajes que habían sido leídos, pronto se juntaría con la corriente de la historia judaica hasta hacer el anuncio sorpren­dente de que el Mesías, esperado por sus padres y prometido por sus profetas, había llegado ya, y que el que hablaba había sido enviado entre ellos como su apóstol. Entonces seguiría la historia de Jesús: era cierto que había sido rechazado por las autoridades de Jerusalén y crucificado, pero podía demostrarse que esto había acontecido de acuerdo con las profecías, y que su resurrección de la muerte era una prueba infa­lible de que había sido enviado por Dios. Ahora había sido exaltado a ser Príncipe y Salvador para dar a Israel arrepentimiento y remisión de los pecados. Fácil­mente podemos imaginar la sensación que produciría tal sermón de tal predicador, y el murmullo de conver­saciones que se levantaría de entre los congregantes después de su separación de la sinagoga. Durante la semana sería el tema de conversación en la ciudad, y Pablo estaría listo para platicar en su trabajo o en los momentos desocupados de la tarde, con cualquiera que deseara recibir más informes. El siguiente sábado la sinagoga estaría llena, no de judíos solamente, sino también de gentiles que tendrían curiosidad de ver a los extranjeros. Y Pablo ahora descubriría el secreto de que la salvación por Jesucristo era, tanto para los gentiles como para los judíos. Esta sería generalmente la señal para que los judíos contradijeran y blasfemaran, y volviéndose de ellos, Pablo se dirigiera a los gentiles. Pero entre tanto el fanatismo de los judíos se excitaría, y levantarían a la gente o asegurarían el interés de las autoridades contra los extranjeros; y en un tempestuoso tumulto popular, o por decreto de las autoridades, los mensajeros del evangelio serían arroja­dos de la ciudad. Tal aconteció en Antioquia de Pisidia, su primera estación en el interior del Asia Menor, y fue después muy frecuente en la vida de Pablo.

Listra y Derbe.- Algunas veces no escaparon con tanta facilidad. En Listra, por ejemplo, se encontraron entre paganos rudos, que al principio quedaron tan encantados con las palabras atractivas de Pablo y tan impresionados con la apariencia de los predicadores, que les tomaron por dioses, y estuvieron al punto de ofrecerles sacrificio, .Esto llenó a los misioneros de tal horror que rechazaron las intenciones de la multitud con violencia. Una repentina revolución sucedió en el sentimiento popular, y Pablo fue apedreado y arrojado de la ciudad aparentemente muerto.

Tales fueron las escenas de excitación y peligro por las cuales tenían que pasar en esta región remota. Pero su entusiasmo nunca flaqueó. Nunca pensaron en vol­verse. Cuando eran arrojados de una ciudad, iban a otra. Y por malo que fuera su éxito algunas veces, no abandonaban una ciudad sin dejar tras ellos una pe­queña compañía de convertidos, tal vez unos pocos judíos, algunos prosélitos y cierto número de gentiles. El evangelio encontró a aquellos para quienes había sido designado: a penitentes cargados con el pecado; almas no satisfechas con el mundo, ni con la religión de sus antepasados; corazones que anhelaban la sim­patía y el amor divinos; y "los que estaban ordenados para la vida eterna creyeron". Estos formaron en cada ciudad el núcleo de una iglesia cristiana. Aun en Listra, donde la derrota pareció ser completa, un pequeño grupo de corazones fíeles se reunió alrededor del cuerpo) molido del apóstol fuera de las puertas de la ciudad. Eunice y Loida estuvieron allí con sus ministraciones tiernas, y el joven Timoteo, al mirar aquella cara pálida y sangrienta, sintió que su corazón estaba unido para siempre con el héroe que había tenido el valor de sufrir hasta la muerte por su fe.

En el amor intenso de tales corazones Pablo recibió compensación por el sufrimiento y la injusticia. Si, como algunos suponen, el pueblo de esta región formó parte de las iglesias de Galacia, vemos en la epístola dirigida a ellos la clase de amor que le tenían. Le recibieron, dice, como a un ángel de Dios y aun como a Jesucristo mismo. Estuvieron listos aun para sacarse los ojos y dárselos a él. Fueron de bondad ruda e impulsos violentos. Su religión nativa era de vivas y excitantes demostraciones, y llevaron estas características a la nueva fe que habían adoptado. Se llenaron de gozo y del Espíritu Santo, y el avivamiento se extendió por todas partes con gran rapidez hasta que la palabra publicada por las pequeñas comunidades cristianas se oyó por los declives del Tauro y los valles del Cestro y Halis. El ardiente corazón de Pablo no pudo menos que regocijarse en tal exhibición de afecto. Correspon­dió a ella, dándoles su más profundo amor. Las ciudades mencionadas en su itinerario son Antioquia en Pisidia, Iconio, Listra y Derbe; pero cuando en la última de ellas había acabado su curso, y el camino se le abrió para descender por las puertas de Cilicia a Tarso y de allí a Antioquia, prefirió volver por el camino por donde había ido. A pesar de los peligros más inminentes volvió a visitar todos estos lugares, para ver otra vez a sus amados convertidos y consolarles en presencia de la persecución; y ordenó presbíteros en todas las ciudades para que velaran sobre las iglesias durante su ausencia.

El regreso.- Al fin, los misioneros bajaron de estos terrenos altos a la costa, y navegaron a Antioquia, de donde habían salido. Cansados con el trabajo y los sufrimientos, pero llenos de gozo por su buen éxito, aparecieron entre aquellos que los habían enviado y que sin duda los habían seguido con sus oraciones. Como exploradores que volvían de encontrar un nuevo mundo, relataron los milagros de la gracia que habían presenciado en el mundo desconocido de los paganos.

El segundo viaje

En su primer viaje, se puede decir que Pablo tan sólo probó sus alas porque dicho viaje, aunque ventu­roso, se limitó enteramente a un círculo alrededor de su provincia natal. En el segundo, hizo una expedición mucho más larga y peligrosa. En verdad, este viaje fue no solamente el más grande que llevó a cabo, sino tal vez el más importante de los registrados en los anales de la raza humana. En sus resultados, sobrepujó la expedición de Alejandro el Grande, cuando llevó las armas y la civilización de Grecia hasta el corazón de Asia, la de César, cuando desembarcó en las costas de Bretaña, y aun la de Colón cuando descubrió el Nuevo Mundo. Sin embargo, cuando partió no tuvo idea de la magnitud que su expedición había de asumir, ni aun de la dirección, que había de tomar. Después de gozar de un breve descanso al fin del primer viaje, dijo a sus compañeros: "Volvamos a visitar a los hermanos por todas las ciudades en las cuales hemos anunciado la palabra del Señor". Fue el anhelo paternal de ver a sus hijos espirituales lo que le atraía. Pero Dios tuvo desig­nios mucho más extensos, que se abrieron delante de Pablo conforme adelantaba.

La separación de Bernabé.- Desgraciadamente el principio de este viaje fue dañado por una disputa entre los dos amigos, que tenían la intención de hacer­lo juntos. La ocasión de esta diferencia fue el ofreci­miento de Juan Marcos de acompañarlos. Sin duda cuando este joven vio a Pablo y a Bernabé que volvían sanos y salvos de la empresa de la cual él había desertado, reconoció el error que había cometido, y ahora quiso repararlo uniéndose a ellos. Naturalmente Bernabé deseó llevar a su sobrino, pero Pablo se negó absolutamente. Uno de ellos, hombre fácilmente acce­sible a la benevolencia, arguyó el deber de perdonar, y el efecto que produciría la repulsa; mientras que el otro, lleno de celo para Dios, presentó el peligro de colocar una obra tan sagrada en manos de uno en quien no podían tener confianza, porque, "pie resbalador es la confianza en el prevaricador en tiempo de angustia". No podemos decir ahora quién de ellos tenía razón o si ambos habían errado en parte. Los dos, de todos modos, sufrieron por la separación: Pablo tuvo que apartarse en enojo del hombre a quien probable­mente debió más que a cualquier otro ser humano; y Bernabé fue separado del más grande espíritu de la época.

Nunca más volvieron a encontrarse; no fue debido, sin embargo, a la continuación de su disputa. El calor de la pasión pronto se enfrió y el antiguo amor volvió. Pablo, en sus escritos, menciona con honra a Bernabé, y en la última de sus epístolas pide que Marcos venga a él a Roma, agregando especialmente que le es útil para el ministerio: es decir, para lo mismo de que había dudado antes con referencia a él. Pero por lo pronto, la disputa les separó. Acordaron dividirse la región que habían evangelizado juntos. Bernabé y Marcos fueron a Chipre, y Pablo procuró visitar las iglesias en el conti­nente. Llevó como compañero a Silas en lugar de Ber­nabé, y no había hecho todavía mucho de su nuevo viaje, cuando se encontró con uno que ocuparía el lugar de Marcos. Este fue Timoteo, un convertido que había hecho en Listra, en su primer viaje; era joven y moderado, y continuó siendo el compañero fiel y el consuelo constante del apóstol hasta el fin de su vida.

La mitad del viaje no descrita.- En cumplimiento del propósito con que había salido, Pable comenzó este viaje visitando de nuevo las iglesias en cuya funda­ción había tomado parte. Principiando en Antioquia, y siguiendo en dirección del noroeste, hizo este trabajo en Siria, Cilicia y otras partes, hasta que llegó al centro del Asia Menor, donde quedó cumplido el primer ob­jeto de su viaje. Pero, cuando un hombre está en el camino del deber, toda clase de oportunidades se abren ante él. Cuando Pablo hubo pasado por las provincias que antes había visitado, nuevos deseos de penetrar más allá comenzaron a arder en su pecho, y la provi­dencia abrió el camino. Todavía fue adelante en la misma dirección por Frigia y Galacia. Bitinia, una gran provincia situada a lo largo de la costa del mar Negro, y Asia, una provincia densamente poblada, en el oeste del Asia Menor, parecieron invitarle, y deseó entrar en ellas. Pero el Espíritu, que guiaba sus pasos, le indicó, por medios desconocidos a nosotros, que estas provin­cias le estaban cerradas en aquel tiempo; y moviéndose adelante, en la dirección en la que su divino guía le permitió ir, se halló en Troas, ciudad en la costa noroeste del Asia Menor.

Así viajó desde Antioquia, en el sudeste, hasta Troas, en el noroeste del Asia Menor, evangelizando por todo el camino. Debe haber empleado meses, tal vez aun años; sin embargo, de este largo y laborioso período no poseemos ningún detalle, excepto tal o cual noticia de su comunicación con los Gálatas, que po­demos encontrar en su epístola a aquella iglesia. La verdad es que tan asombrosa como es la historia de la carrera de Pablo dada en los Hechos, este registro es muy breve e imperfecto; y su vida estuvo mucho más llena de aventuras, de trabajos y de sufrimientos por Cristo, que lo que la narración de Lucas nos conduciría a suponer. El plan de los Hechos es decir solamente lo que fue más nuevo y característico en cada viaje; pasa por alto, por ejemplo, todas sus visitas repetidas a los mismos lugares. Así, hay grandes vacíos en su historia, que, en realidad, estuvieron tan llenos de interés como las porciones de su vida de las que tenemos una com­pleta descripción. Hay una prueba asombrosa de esto en una epístola que escribió dentro del período cubier­to por los Hechos de los Apóstoles. Mencionando en su argumentación algunas de sus aventuras, pregunta:

"¿Son ministros de Cristo? yo más: en trabajos más abundante; en azotes sin medida; en cárceles más; en muertes muchas veces; de los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes, menos uno; tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado en lo profundo de la mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciu­dad, peligros en el desierto, peligros en la mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchas vigilias en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; sin otras cosas además, lo que sobre mí se agolpa cada día, la solicitud de todas las iglesias". Ahora, de las aventuras de este catálogo extraordinario, el libro de los Hechos menciona muy pocas: de las cinco veces que fue azotado por los judíos no cita ninguna; de las tres veces que fue castigado por los romanos, solamente una; registra la vez que fue ape­dreado, pero ninguno de los tres naufragios, porque el naufragio detallado en los Hechos aconteció más tarde. No era parte del designio de Lucas exagerar la figura del héroe que estaba retratando. Su breve y modesta narración es más corta que la misma realidad, y al pasar por las pocas y simples palabras en que condensa la historia de meses o años, nuestra imaginación requie­re ser activa, para llenar el bosquejo con trabajos y labores a lo menos iguales a aquellos cuya memoria se ha conservado.

Viaje a Europa.- Pareciera que Pablo llegó a Troas bajo la dirección del Espíritu sin conocimiento de la dirección que tomaría en seguida. Pero, ¿pudo dudar de cuál era el intento divino, cuando, mirando las aguas del Helesponto, vio las costas de Europa al otro lado? Estaba ahora dentro del círculo encantado, donde por varios siglos la civilización había tenido su hogar, y no podía quedar enteramente ignorante de aquellas historias de guerra y empresas, ni de aquellas leyendas de amor y valor que han hecho esta parte del mundo para siempre brillante y querida al corazón del género humano. Sólo a cuatro millas de distancia esta­ba el llano de Troya, donde Europa y Asia se encon­traron en la lucha celebrada en el canto inmortal de Hornero. No muy lejos de allí Jerjes, sentado en un trono de mármol, revistó los tres millones de asiáticos con quienes trató de sujetar a Europa a sus pies. Por el otro lado de aquel estrecho estaban Grecia y Roma, los centros de donde habían salido la instrucción, el co­mercio, y los ejércitos que gobernaban el mundo. ¿Podría su corazón, tan ambicioso por la gloria de Cristo, dejar de arder en el deseo de arrojarse sobre estos fuertes, o dudaría de que el Espíritu le guiaba en esta empresa? Conoció que Grecia, con toda su sabi­duría, carecía de aquel conocimiento que hace sabio para la salvación; y que los romanos, aunque fueron los conquistadores de este mundo, no conocían el modo de ganarse una herencia en el mundo venidero. Pero en su pecho llevaba el secreto que ambas requerían.

Puede haber sucedido que tales pensamientos, mo­viéndose vagos y confusos en su mente, se proyectaran en la visión que tuvo en Troas; o ¿fue la visión la que primero despertó en él la idea de cruzar a Europa? Mientras dormía al arrullo del mar Egeo, vio un hom­bre parado en la ribera opuesta, la que había visto antes de ir a descansar, llamándole y gritando: "Pasa a Macedonia y ayúdanos". Aquella figura representaba a Europa, y su grito demandando ayuda representaba la necesidad que ella tenía de Cristo. Pablo reconoció en todo esto un llamamiento divino; y el siguiente ocaso del sol que bañó el Helesponto con su áurea luz brilló sobre el misionero sentado en la cubierta de un buque cuya proa se movía hacia la costa de Macedonia.

Durante este traslado de Pablo, de Asia a Europa, estaba verificándose una gran decisión providencial que nosotros como hijos del Occidente no podemos recor­dar sin la más profunda gratitud. El cristianismo se levantó entre orientales y era de esperarse que se hu­biera extendido primeramente a aquellas razas con quienes los judíos estaban más relacionados; en lugar de haber venido hacia el Occidente, podría haber pe­netrado en el Oriente, podría haber llegado a Arabia, y haber tomado posesión de aquellas regiones donde la fe del Falso Profeta ahora levanta su bandera; pudiera haber visitado las tribus errantes del Asia Central, y, atravesando los Himalayas, haber establecido sus tem­plos a las orillas del Ganges, el Indus, y el Godavary; pudo haber caminado más allá hacia el Este para sacar a los millones de China del frío secularismo de Con-fucio. Si así hubiera sucedido, los misioneros de la India y del Japón hoy día atravesarían el océano para venir a predicar a Inglaterra la historia de la cruz; pero la providencia confirió a Europa la superioridad, y el destino de nuestro continente se decidió al cruzar Pa­blo el mar Egeo.

Grecia - Macedonia.- Como Grecia estaba más cer­ca de las costas de Asia que Roma, la conquista de dicha nación para Cristo fue el gran móvil de su se­gundo viaje misionero. Como el resto del mundo en aquel tiempo, encontrábase bajo el dominio de Roma, y los romanos lo habían dividido en dos provincias.

Macedonia en el Norte y Acaya en el Sur, Macedonia fue, por consiguiente, el primer escenario de la misión griega de Pablo. Estaba atravesada de oriente a occi­dente por un gran camino romano, por el cual viajó el misionero. Y los lugares de donde tenemos noticia de sus trabajos son Filipos, Tesalónica y Berea.

El carácter de los griegos en esta provincia septen­trional estaba mucho menos corrompido que en la más pulida sociedad del Sur. En el pueblo macedonio toda­vía existía algo de la fuerza y el valor que cuatro siglos antes habían hecho de sus soldados los conquistadores del mundo. Las iglesias que Pablo fundó aquí le dieron mucho más consuelo que cualesquiera otras. Ninguna dé sus epístolas demuestra más gozo y cordialidad que las que escribió a los tesalonicenses y filipenses; y como escribió esta última ya muy avanzado en la carrera de su vida, su perseverancia en el evangelio debe haber sido tan notable como la bienvenida que le dieron al principio. En Berea se encontró con una generosa sinagoga de judíos, la más rara experiencia que tuvo.

Una característica prominente de la obra en Mace­donia fue la parte que tomaban en ella las mujeres. En medio de la decadencia general de las religiones en este período, muchas mujeres en todas partes buscaban la satisfacción de sus instintos religiosos en la fe pura de la sinagoga. En Macedonia, tal vez a causa de su pro­funda moralidad, estos prosélitos del sexo débil eran más numerosos que en cualquiera otra parte, de mane­ra que acudieron en gran número a formar en las filas de la iglesia cristiana. Esto era un buen presagio; pode­mos decir que era la profecía del cambio feliz que la iglesia cristiana de las naciones de Occidente había de producir en el destino de la mujer. Si el hombre debe mucho a Cristo, la mujer le debe aun más; la ha librado de la degradación de ser esclava o juguete del hombre, y la ha levantado hasta ser su amiga e igual ante el cielo; mientras que, por otra parte, una nueva gloria ha sido añadida a la religión de Cristo, en la delicadeza y dignidad de que se hala investida por el carácter femenil. Estas cosas fueron vivamente ilustra­das en los primeros pasos del cristianismo sobre el continente europeo. La primera conversión fue la de una mujer; al celebrarse el primer culto cristiano en el suelo de Europa, el corazón de Lidia fue abierto para recibir la verdad, y el cambio que se operó en ella prefiguró lo que la mujer sería en aquel continente bajo la influencia del cristianismo. En la misma ciudad de Filipos se veía, también al mismo tiempo, una imagen representativa de la condición de la mujer en Europa antes de que el evangelio llegara allí, en una pobre muchacha poseída de un espíritu de adivinación y tenida en esclavitud por hombres que hacían su fortuna con la desgracia de ésta, y a quien Pablo sanó. Su miseria y su degradación eran un símbolo de la condición femenina desfigurada; mientras que el carác­ter dulce y benévolo de la cristiana Lidia era símbolo de la misma condición transfigurada.

Otra característica que hacía notables a las iglesias macedonias era el espíritu de liberalidad. Insistían en suplir las necesidades de los misioneros; y aun después que Pablo los había dejado, le enviaban dádivas para cubrir sus gastos en otras ciudades. Mucho tiempo después, cuando él estaba prisionero en Roma, manda­ron a Epafrodito, uno de sus maestros, con dones semejantes a los anteriores, y lo facultaron para que­darse con él asistiéndole. Pablo aceptó la generosidad de estos leales corazones, aunque en otros lugares se hubiera deshecho las manos y hubiera dejado su des­canso natural antes que aceptar tales favores. Además, su voluntad de dar no se debía a superioridad en riquezas; al contrario daban de su pobreza; estaban pobres cuando comenzaron, y los volvieron aún más pobres las persecuciones que tenían que sufrir. Estas persecuciones fueron más severas después de que Pablo hubo salido, y duraron mucho tiempo. Por supuesto que en Pablo fue en quien primero se hicieron sentir. Aunque él tuvo tanto éxito en Macedonia, al fin le echaron fuera de las ciudades como lo peor de todas las cosas; esto era generalmente hecho por los judíos que, o fanatizaban a las turbas y las excitaban contra él, o le acusaban ante las autoridades romanas de estar introduciendo una nueva religión, turbando la paz, o proclamando un rey que sería rival de César. Ellos no querían entrar en el reino de los cielos ni podrían sufrir que otros entraran.

Pero Dios protegió a su siervo. En Filipos le libertó de la prisión por un milagro físico, y por un milagro de gracia, todavía más maravilloso, efectuado en su cruel carcelero; y en otras ciudades le salvó por medios más naturales. A pesar de la amarga oposición, varias iglesias fueron fundadas en ciudad tras ciudad, y de éstas, las buenas nuevas pasaron a toda la provincia de Macedonia.

Acaya.- Cuando al dejar a Macedonia Pablo caminó al sur con dirección a Acaya, entró en la verdadera Grecia, el paraíso del genio y del renombre. La memo­ria de la grandeza del país se levantó a su derredor en el camino. Al partir de Berea pudo ver tras de sí las nevadas cumbres del monte Olimpo, donde se suponía habitaban las deidades de Grecia. Pronto estuvo cerca de las Termopilas, donde los trescientos inmortales permanecieron firmes contra millares de bárbaros; y a la terminación de su viaje veía delante de él la isla de Salamina, donde otra vez la Grecia fue salvada de destrucción por el heroísmo de sus hijos.

Atenas.- El destino de Pablo era Atenas, la capital del país. Al entrar en la ciudad no pudo ser insensible a los grandes recuerdos estrechamente unidos a sus calles y monumentos. Aquí la inteligencia humana había brillado con un esplendor que no ha exhibido nunca en otra parte. En la edad de oro de su historia Atenas poseía muchos más hombres del más alto genio que los que jamás hayan vivido en cualquiera otra ciudad. Hasta hoy, sus nombres llenan de gloria el suyo. Sin embargo, aun en el tiempo de Pablo la viviente Atenas era cosa del pasado. Cuatrocientos años habían transcurrido desde su edad de oro, y en el curso de estos siglos había experimentado un triste decaimiento. Habían degenerado la filosofía, la orato­ria, el arte, la poesía. Vivía de su pasado. Sin embargo, aún tenía un gran nombre, y estaba llena de cierta cultura y saber. Abundaba en filósofos, así llamados, de diferentes escuelas, y en maestros y profesores de toda variedad de conocimientos; y millares de extran­jeros de la clase rica, reunidos de todas partes del mundo, vivían allí para estudiar o para satisfacer sus inclinaciones intelectuales. Todavía representaba para el visitante inteligente uno de los grandes factores en la vida del mundo.

Con la maravillosa adaptación que le capacitó para ser todas las cosas a todos los hombres, Pablo se adaptó a este pueblo también. En la plaza o en el lugar de los sabios entraba en conversación con los estudian­tes y filósofos, como Sócrates había acostumbrado hacerlo en el mismo lugar hacía cinco siglos. Pero Pablo encontró aún menos apetencia de la verdad que el más sabio de los griegos. En vez del amor a la verdad, una insaciable curiosidad intelectual poseía a los habitantes. Esta los hizo bastante complacientes para tolerar a cualquiera que les presentara una nueva doctrina: y entre tanto que Pablo desarrollaba la parte meramente especulativa de su mensaje, le escuchaban con placer. Su interés pareció aumentar y al fin una multitud de ellos le llevaron al Areópago, el centro mismo de los esplendores de su ciudad, y le pidieron una presentación completa de su fe. Cumplió con sus deseos, y en el magnífico discurso que allí pronunció, gratificó muy satisfactoriamente su gusto peculiar, al desenvolver en oraciones de la más noble elocuencia las grandes verdades de la unidad de Dios y la unidad de los hombres que forman la base del cristianismo. Pero cuando avanzó de estos preliminares a tocar la concien­cia de su auditorio y a hablarles de su propia salvación, le abandonaron todos.

Partió de Atenas, y nunca volvió a ella. En ninguna parte había fracasado tan completamente. Solía sufrir la más violenta persecución y reanimarse con corazón alegre; pero hay algo peor que la persecución para una fe tan vehemente como era la suya. Y aquí lo encon­tró. Su mensaje no despertó ni interés ni oposición. Los atenienses nunca pensaron en perseguirle; simple­mente no hicieron caso de lo que dijo "este palabre­ro"; y tan frío desdén le cortó más severamente que las piedras del populacho o las varas de los lictores. Quizá nunca se había sentido tan desanimado. Cuando dejó a Atenas pasó a Corinto, la otra gran ciudad de Acaya; y él mismo nos dice que llegó allí en flaqueza, y en temor, y en mucho temblor.

Corinto.- Había en Corinto bastante del espíritu de Atenas para que estos sentimientos no desaparecieran fácilmente. Corinto era la capital mercantil de Grecia y Atenas la intelectual. Pero los corintios también esta­ban llenos de curiosidad disputadora e intelectual or­gullo. Pablo temió tener una recepción semejante a la de Atenas; ¿pudo ser que estos fueran pueblos para quienes el evangelio no tuviera mensaje? Esta fue la difícil cuestión que le hizo temblar. Parecía no haber en ellos nada que el evangelio afectara. Parecían no sentir necesidades que éste pudiera satisfacer.

Hubo otros elementos de desmayo en Corinto. Era el París de los tiempos antiguos, una ciudad rica y lujuriosa, enteramente entregada a la sensualidad. Se desplegaba el vicio sin vergüenza, en formas que infun­dieron desesperación en la mente purísima de Pablo. ¿Podrían los hombres rescatarse de las garras de vicios tan monstruosos? Además la oposición de los judíos se levantó con malignidad mayor que la usual. Por fin tuvo que abandonar la sinagoga, y lo hizo con expre­siones de los más fuertes sentimientos. ¿Iba el soldado de Cristo a ser arrojado del campo, y forzado a confe­sar que el evangelio no estaba adaptado a la nación culta? Así le pareció.

Pero vino un cambio. En el momento crítico Pablo fue visitado con una de aquellas visiones que solían serle concedidas en las crisis más penosas y decisivas de su historia. El Señor le apareció en la noche, diciéndole: "No temas, sino habla, y no calles. Porque yo estoy contigo, y ninguno te podrá hacer mal; porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad". El apóstol se reanimó y las causas del desmayo comenzaron a desa­parecer. Se desplegó en oposición de los judíos cuando llevaron a Pablo con violencia ante Galio, el gobernador impuesto allí por los romanos, pero fueron despe­didos de su tribunal con ignominia y desdén. El mismo presidente de la sinagoga llegó a ser cristiano, y las conversiones multiplicáronse entre los corintios nativos. Pablo gozó el solaz de vivir bajo el techo de Aquila y Priscila, amigos leales, de su propia raza y ocupación. Permaneció año y medio en la ciudad y fundó una de las más interesantes de sus iglesias, plantando así el estandarte de la cruz también en Acaya, y probando que el evangelio es el poder de Dios para salvación aun en los centros de la sabiduría del mundo.

El tercer viaje

Efeso.- Debe haber sido una historia conmovedora la que Pablo tenía que contar en Jerusalén y Antio-quía, cuando volvió de su segunda expedición; pero no estaba dispuesto a dormir sobre sus laureles, y no mucho tiempo después emprendió su tercer viaje.

Era de esperarse que, habiendo en el segundo esta­blecido el evangelio en Grecia, ahora dirigiera sus mira­das a Roma. Pero si consultamos un mapa, observare­mos que en medio, entre las regiones del Asia Menor, que había evangelizado durante su primera campaña misionera, y las provincias de Grecia, en donde había establecido iglesias durante la segunda, hay un espacio, la provincia populosa del Asia, al Occidente del Asia Menor. A esta región se dirigió en su tercer viaje. Permaneciendo por tres años en Efeso, su capital, se puede asegurar que llenó este espacio y conectó las conquistas de sus anteriores campañas. En realidad, este viaje incluía, al principio, una visita a todas las iglesias anteriormente fundadas en Asia Menor, y al fin una violenta visita a las iglesias de Grecia; pero fiel a su plan de detenerse solamente en lo que era nuevo en cada expedición, el autor de los Hechos sólo nos ha suministrado detalles con relación a Efeso.

Esta ciudad era en aquel tiempo el Liverpool del Mediterráneo. Poseía un espléndido puerto en el que estaba concentrado el tráfico del mar que era entonces el camino real de todas las naciones; y como Liverpool tiene detrás de sí las grandes ciudades del Lancashire, así Efeso tenía tras de sí y a su derredor las ciudades que se mencionan con ella en las epístolas a las iglesias y en el libro de Apocalipsis: Smirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia, y Laodicea. Era una ciudad de vastas riquezas, y se había entregado a toda clase de placeres; se recordará que su teatro e hipódromo eran de fama universal.

Pero Efeso era todavía más famosa como ciudad sagrada. Era el asiento del culto a la diosa Diana, cuyo templo era uno de los más célebres altares del mundo antiguo. Dicho templo era inmensamente rico y alber­gaba a un gran número de sacerdotes. Era lugar de concurso, en ciertas estaciones del año, de multitudes de peregrinos de las regiones vecinas; y los habitantes de la ciudad florecían ministrando de varias maneras a esta gente supersticiosa. Los plateros hicieron un oficio de la fabricación de pequeñas imágenes de la diosa, semejantes a la que existía en el templo, y que se decía haber caído del cielo. Copias de los caracteres místicos grabados en esta antigua reliquia se vendían como encantos. Pululaban en la ciudad los hechiceros, adivinos, interpretadores de sueños y otras muchas gentes de esta clase, que explotaban a los marine­ros, peregrinos y comerciantes que frecuentaban el puerto.

Polémica sostenida contra la superstición.- El tra­bajo de Pablo tenía, por consiguiente, que asumir la forma de polémica contra la superstición. Efectuó tan grandes milagros en el nombre de Jesús, que algunos de los engañadores judíos trataron de echar fuera demo­nios invocando el mismo nombre; pero el atentado no les produjo más que una derrota. Algunos otros profe­sores de artes mágicas fueron convertidos al cristianis­mo y quemaron sus libros. Los vendedores de objetos de superstición veían que su industria se les escapaba de las manos. A tal grado llegó esto en una de las fiestas de la diosa, que los plateros, cuyo tráfico en pequeñas imágenes se estaba arruinando, organizaron una revuelta contra Pablo, que se verificó en tal teatro y tuvo tanto éxito que le obligaron a salir de la ciudad.

Pero no salió antes de que el cristianismo se hubiera establecido firmemente en Efeso, y el faro del evange­lio resplandeciera brillante en la costa asiática, corres­pondiéndose con el que fulguraba en las costas de Grecia, al otro lado del Egeo. Tenemos un monumento de su éxito en las iglesias establecidas por todas las cercanías de Efeso, a las que San Juan habló unos cuantos años después en el Apocalipsis; porque fueron probablemente el fruto indirecto de los trabajos de Pablo. Pero tenemos un monumento mucho más admi­rable de ello en la epístola a los Efesios. Este es, tal vez, el más profundo libro que hay. Y, sin embargo, su autor esperaba evidentemente que los efesios lo enten­dieran. Si los discursos de Demóstenes, con su com­pacta y sólida demostración, entre cuyas articulaciones ni el filo de la hoja de navaja se puede introducir, son un monumento de la grandeza intelectual de Grecia, que los escuchaba con placer; si los dramas de Shakes­peare, con sus profundas opiniones de la vida y su lenguaje oscuro y complejo, son un testimonio de la fuerza intelectual de la época de Isabel, que podía gozarse en un lugar de entretenimiento con tan sólidos asuntos; entonces la Epístola a los Efesios, que inves­tiga las mayores profundidades de la doctrina de Cristo y que se eleva hasta las mayores alturas de la expe­riencia cristiana, es un testimonio del adelanto que los convertidos de Pablo habían alcanzado bajo su predicación en Efeso.
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